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LA DISTRIBUCIÓN DE LA PROPIEDAD ES EL CRITERIO QUE DEFINE LA NATURALEZA DEL RÉGIMEN POLÍTICO

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LA DISTRIBUCIÓN DE LA PROPIEDAD ES EL CRITERIO QUE DEFINE LA NATURALEZA DEL RÉGIMEN POLÍTICO

Mensaje  Invitado el Lun Oct 25, 2010 4:34 am

“Robespierre, uno de los más odiados políticos de todas las derechas habidas, cosa comprensible, y de los más olvidados de casi todas las izquierdas, cosa mucho menos justificable, decía: “La primera ley social es, pues, la que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios de existir”. Porque sin esos medios de existencia, no hay esperanza alguna de libertad real para esa muchedumbre de trabajadores sin propiedad, no hay esperanza alguna de democracia. Las libertades liberales sirven de poco a los millones de excluidos de esta sociedad del éxito, a los que buscan empleo sin encontrarlo, a los que se humillan por mantenerlo, a los no llegan a fin de mes o a los que –cada vez más- malviven (o mueren) en condiciones infrahumanas. Los derechos formales, desconectados de los recursos materiales, de las condiciones reales de existencia social, no garantizan la libertad de los muchos. Y el programa del minoritario republicanismo democrático se resume en lo siguiente: universalizar la libertad. Pero la libertad como no dominación, en la sociedad y en el Estado”.

* * * * * *

Desde sus orígenes atenienses, la tradición histórica de la izquierda ha entendido por democracia el gobierno de los pobres, en el bien entendido que el pensamiento político antiguo consideraba “pobres” no a nuestros “sin techo”, a nuestros “pobres de solemnidad” que viven de la limosna ajena y la cristiana caridad, sino a los que no tienen propiedad o si la tienen es escasa, es decir, al trabajador asalariado, al que tiene que trabajar para vivir (precisamente porque carece de rentas de propiedad).

LA DISTRIBUCIÓN DE LA PROPIEDAD ES EL CRITERIO QUE DEFINE LA NATURALEZA DEL RÉGIMEN POLÍTICO

Esos “pobres”, en el mundo antiguo pero, más aún, en nuestro mundo actual, son mayoría y, precisamente por eso, por democracia siempre se ha entendido el gobierno de la mayoría. Esta afirmación no tolera la permuta de los factores. Puesto que los pobres son mayoría, la democracia es el gobierno de esta mayoría, pero si los pobres fueran minoría, la democracia seguiría siendo el gobierno de los pobres y, en ese caso, de la minoría.

Esta era la visión (desgraciadamente a veces olvidada) del gran Aristóteles en la obra maestra que es la Política: “Lo que diferencia la democracia y la oligarquía entre sí es la pobreza y la riqueza. Y necesariamente, cuando ejercen el poder en virtud de la riqueza, ya sean pocos o muchos, es una oligarquía, y cuando lo ejercen los pobres, es una democracia.” La distribución de la propiedad es pues el criterio que decide la naturaleza del régimen político. E insistimos: por democracia debe entenderse –y así se ha entendido hasta muy bien entrado el siglo XX- el gobierno de los excluidos de la propiedad, de la riqueza social productiva, de los medios de producción.
Democracia, pues, fue aquel régimen político que emancipó a las clases subalternas de la sociedad, a las clases trabajadoras, tradicionalmente excluidas por las oligarquías del gobierno de la cosa pública y aun de la misma sociedad civil. La tradición de izquierda, y el marxismo genuino no es excepción, engancha precisamente con esa tradición emancipadora: cuando Marx acuña el concepto de “dictadura del proletariado” no está pensando más que en un régimen de autodeterminación política de las clases trabajadoras. Que eso se terminara convirtiendo en la dictadura, primero de un partido único, y luego de un solo hombre, es ya la historia de la traición a una idea y a una praxis política.

Mas la idea genuina de democracia –y su necesidad- siguen vigentes, pues a nadie en su sano juicio se le ocurriría aplicar semejante noción de democracia a las “democracias liberales” contemporáneas, nadie (que no fuera víctima de ignorancia o mala fe) podría pensar que nuestras democracias representan la hegemonía política de las clases subalternas. Más bien al contrario, nunca antes las oligarquías –bajo una fachada de libertad y soberanía popular- habían gozado de mejor salud que en este comienzo de siglo, nunca antes habían tenido más recursos –financieros, militares, mediáticos- a su disposición y seguramente nunca antes habían mostrado mayor desparpajo para utilizarlos.

Escribimos esto cuando, en apenas un año, el ejército de EEUU ha librado dos guerras de invasión. Siempre sin olvidar que la distribución de la riqueza nunca ha estado, como ahora, tan desigualmente repartida. Sigue pues valiendo –fachadas aparte- la distinción clásica: Oligarquía era (y es) el gobierno de los ricos y democracia era (y es) el gobierno de los pobres. Y sigue valiendo la hostilidad que siempre mantuvieron los dos tipos de régimen: “seré hostil –reza el juramento oligárquico en tiempo de Aristóteles- al pueblo y maquinaré contra él todo el mal que pueda”. ¿Acaso han dejado alguna vez en su historia las oligarquías de mostrar esa misma hostilidad ante el pueblo?

En Atenas, hacia finales de siglo V hubo dos sangrientas reacciones oligárquicas, pero, ¿cuántas se han levantado en el mundo moderno contra todo intento de instauración de democracias genuinas, de gobiernos auténticamente populares? ¿Cuántos ejércitos blancos, terrores blancos, golpes de Estado y levantamientos militares han soportado nuestros demócratas del XIX y el XX? ¿Cuánta ha sido la determinación, y cuánto el placer, con el que sus pistoleros, sus generales y sus “pretorianos” han apretado el gatillo contra el populacho, tan pronto como éste pedía libertad? El odio de las clases pudientes y dominantes por los desarrapados, los ignorantes, los palurdos, en fin, los trabajadores, ha sido una dolorosa constante en la historia desde que hubo excedente que repartir entre las clases ociosas.

LA PRIMERA CONDICIÓN EXIGIDA POR LA LIBERTAD REPUBLICANA ES UN DETERMINADO NIVEL DE SUFICIENCIA MATERIAL

Para la más de dos veces milenaria tradición de la que nos sentimos parte, la tradición de la libertad republicana (concepción de la libertad que, innecesario será añadir, no significa solamente la defensa de la forma de Estado republicana), hay una clara conexión entre democracia, distribución de la riqueza y poder de clase. Veámoslo más de cerca.

Cuando uno está bajo la dependencia de otro no es libre. Cuando la dependencia es extrema, el que depende, hombre o mujer, está a la completa merced de este otro. Las relaciones de dependencia son relaciones asimétricas de poder en las que uno –la parte dependiente- puede ser interferido arbitrariamente o, lo que es lo mismo, dominado. Así, el pobre no es libre puesto que es dependiente y vive “con permiso de otro” (diría Marx). Los que no dependen de otro, los que tienen propiedad, éstos son los libres. Los que dependen de éstos, están sujetos también a su voluntad, a su arbitrio, a su humor, a su dominio.

Cuando alguien es víctima del poder de otra persona y es dominado por ella, es reducido a instrumento de la voluntad y los planes de ésta última, con lo que pierde su más elevada dignidad, la de su propia humanidad. Así, pues, la primera condición exigida por la libertad republicana es un determinado nivel de suficiencia material. La idea es extremadamente sencilla: para vivir, no digamos ya para vivir bien, se necesita un conjunto de recursos.

Si estos recursos no están plenamente garantizados, la persona hará lo que esté en su mano para conseguirlos, incluso puede para ello aceptar la dominación ajena, enajenar su libertad, autoalienarse. La mujer aceptará la dominación del marido o del amante, el trabajador asalariado aceptará la del patrón o su representante, el deudor aceptará la dominación del acreedor; en general, el débil aceptará la dominación del fuerte. Lo cual, siendo preocupante como es, tiene además una trágica traducción política. Pues si la masa del pueblo está formada por los que viven por sus manos, es decir, por las clases más vulnerables de la sociedad, su falta privada de libertad –en la sociedad- se convertirá en falta de libertad como cuerpo de ciudadanos –en el Estado.

El que es socialmente dependiente difícilmente se elevará a la categoría de ciudadano de pleno derecho, será –como querían los constituyentes durante la fase burguesa de la revolución francesa- un ciudadano pasivo. “Cliente” de sus patronos en el mundo del trabajo, en la sociedad, enajenará en las clases ociosas su propia voluntad política. Podrá votar pero seguirá siendo un mero instrumento de las ambiciones de los poderosos y, como mucho, recibirá sus migajas. No existirá como ciudadano pleno y será reo de la voluntad ajena, la de los ricos ciudadanos activos.

LOS DERECHOS FORMALES, DESCONECTADOS DE LAS CONDICIONES MATERIALES DE EXISTENCIA, NO GARANTIZAN LA LIBERTAD DEMOCRÁTICA

En el gran discurso del 10 de mayo de 1793 de Robespierre, uno de los más odiados políticos de todas las derechas habidas, cosa comprensible, y de los más olvidados de casi todas las izquierdas, cosa mucho menos justificable, decía: “La primera ley social es, pues, la que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios de existir”. Porque sin esos medios de existencia, no hay esperanza alguna de libertad real para esa muchedumbre de trabajadores sin propiedad, no hay esperanza alguna de democracia.

El liberalismo universalizó derechos civiles y políticos al margen de la propiedad y la riqueza de los individuos, pero en esa operación no sólo creó una ciudadanía harto vulnerable, sino que dio además cobertura jurídico-constitucional a la desigualdad social entre ciudadanos formalmente libres. La creó y la sigue creando pues conocido es que a principios del siglo XXI el 5% de los hogares con mayor poder adquisitivo de Estados Unidos dispone de casi el 50% de la renta nacional; y que 80 países en el mundo tienen una renta per cápita menor que hace una década; y que la mitad de nuestra especie, la pobre, más de 3.000 millones de personas, vive con menos de 2 dólares al día y, de éstos, 1.300 millones con menos de 1 dólar diario.

Es claro que en un mundo así, tan polarizado e injusto, las libertades liberales sirven de poco a los millones de excluidos de esta sociedad del éxito, a los que buscan empleo sin encontrarlo, a los que se humillan por mantenerlo, a los no llegan a fin de mes o a los que –cada vez más- malviven (o mueren) en condiciones infrahumanas. Los derechos formales –desconectados de los recursos materiales, de las condiciones reales de existencia social- no garantizan la libertad de los muchos.

El republicanismo oligárquico o antidemocrático fue más radical y más brutal, aunque nada hipócrita. Simplemente, los pobres, los dependientes, debían quedar excluidos del poder político y hasta sus derechos de sufragio restringidos o eliminados. Sólo los materialmente independientes –los propietarios- estaban llamados a dirigir las riendas del Estado. Que muchos de los grandes pensadores republicanos elitistas pensaran que sólo las “aristocracias naturales” gobernarían según la ley y en beneficio de todos, no es más que un descomunal autoengaño ideológico.

Sea como fuere, es lo cierto que ambas soluciones, la republicana no democrática y la liberal democrática, son muy insatisfactorias para la tradición de la izquierda, que bebe del republicanismo, sí, pero del democrático. Y el programa de esa izquierda y de ese minoritario republicanismo democrático se resume en lo siguiente: universalizar la libertad. Más la libertad como no dominación, en la sociedad y en el Estado. Tal vez ahora más que nunca sea preciso recuperar esa tradición de la que la izquierda nunca debió olvidarse.

* * *

ANDRÉS DE FRANCISCO Y JOAN REVENTÓS. Otra realidad. Una versión anterior más breve de este artículo se publicó en el libro colectivo “Contra la afonía. Breviario urgente para recuperar el lenguaje robado” que editó “Las Otras Caras del Planeta” a principios de 2003. FD, 31/04/2008.

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Re: LA DISTRIBUCIÓN DE LA PROPIEDAD ES EL CRITERIO QUE DEFINE LA NATURALEZA DEL RÉGIMEN POLÍTICO

Mensaje  Ziber el Lun Oct 25, 2010 8:41 am

Hombre, Robespierre se ganó el olvido, no por sus palabras, sino por sus actos posteriores.

Pero simplemente al aludir a la sociedad del éxito, debiera ser suficiente para que cualquier ciudadano normal fuera consciente de la aberración en que se ha convertido este engranaje macabro al que denominamos sociedad.

Competencia, esfuerzo, preparación, especialización... ¿para qué? ¿para tener un techo y llevarte un mendrugo de pan a la boca? ¡qué gilipollas!

Ración extra de confrontación, de partidismo, de "deporte". ¿Y si yo no quiero tener éxito? ¿me vais a permitir no tener éxito y aún así vivir dignamente?

Cada día lo veo todo más negro.
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