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C.G. JUNG - Fragmento del Prólogo al i-ching de Wilhelm

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C.G. JUNG - Fragmento del Prólogo al i-ching de Wilhelm

Mensaje  Invitado el Lun Nov 01, 2010 10:47 pm


El error común (por ejemplo el teosófico) del hombre de Occidente,
consisten en que, como el estudiante en Fausto, mal aconsejado por
el diablo vuelve con desprecio la espalda a la ciencia y, percibiendo
superficialmente el éxtasis del Este, emprende prácticas yogas al pie de
la letra e imita deplorablemente. Así abandona su único suelo seguro,
el espíritu occidental, y se pierde entre un vapor de palabras y conceptos
que jamás se hubieran originado en cerebros europeos y sobre los
que jamás pueden injertarse con provecho.
Un antiguo adepto dijo: "Pero si el hombre erróneo usa el medio
correcto, el medio correcto actúa erróneamente." Ese proverbio de la
sabiduría china, por desgracia tan sólo demasiado cierto, está en abrupto
contraste con nuestra creencia en el método "correcto", independientemente
del hombre que lo emplea. En verdad, todo depende, en esas
cosas, del hombre, y poco o nada del método. El método es ciertamente
sólo el camino y la dirección que uno toma, mediante lo cual el cómo
de su obrar es la fiel expresión de su ser. Si esto no es así, el método no
es más que una afectación, algo artificialmente aprendido como un
agregado, sin raíces ni savia, sirviendo al objetivo ilegal del autoencubrimiento,
un medio de ilusionarse sobre sí mismo y escapar a la ley
quizás implacable del propio ser. Menos que nada tiene esto que ver con
la firme raigambre y fidelidad a sí mismo del pensar chino; por el
contrario, es renuncia al propio ser, traición de sí mismo a dioses
foráneos e impuros, una maniobra cobarde para usurpar superioridad
anímica: todo aquello que, en lo profundo, está en contra del sentido del
"método" chino. Pues sus penetrantes concepciones se han originado en
el vivir más pleno, más auténtico y más fiel, en esa vida cultural china
inmemorial, coherentemente crecida, de manera lógica e insoluble, de
-21-
los instintos más hondos, vida que es para nosotros, de una vez por
todas, distante e inimitable.
La imitación occidental es trágica, por ser un malentendido no
psicológico, tan estéril como las modernas escapadas a Nuevo Méjico,
las beatíficas islas de los Mares del Sud y el África Central, donde se
juega en serio a ser "primitivo", a fin de que el hombre de la cultura
occidental escape en secreto a sus amenazantes tareas, a su Hic Rhodus
hic salta. No se trata de imitar, y hasta de evangelizar, inorgánicamente
lo foráneo, sino de reconstruir la cultura occidental, que padece de mil
males. Y ello debe hacerse en el lugar adecuado; y a ello ha de llevarse
al hombre europeo con su trivialidad occidental, con sus problemas
matrimoniales, sus neurosis, sus ilusorias ideas sociales y políticas, y
con su completa desorientación en lo que respecta al modo de considerar
el mundo.
Confiésese mejor que, en el fondo, no se comprende lo recóndito
y esotérico de un texto como éste, y aun que no se lo quiere comprender.
¿Ha de sospecharse en fin que ese enfoque anímico, que posibilita
dirigir la vista de tal modo hacia adentro, puede ser sólo desligado así
del mundo porque aquellos hombres colmaron de tal manera las
exigencias instintivas de su naturaleza que poco o nada les impide
percibir la esencia invisible del mundo? ¿Ha de ser quizás condición de
tal mirar la liberación de esos apetitos y ambiciones y pasiones que nos
detienen en lo visible, y ha de resultar esta liberación precisamente de
una satisfacción plena de sentido de las exigencias instintivas, y no de
su represión prematura y nacida de la angustia? ¿Quedará quizás libre la
mirada para lo espiritual cuando la ley de la tierra sea observada? Quien
esté al tanto de la historia de la moral china, y además haya estudiado
cuidadosameente el I Ging, ese libro de sabiduría que penetra desde
hace miles de años todo el pensar chino, por cierto que no desechará sin
más esas dudas. Sabrá, también, que las opiniones de nuestro texto no
son, en el sentido chino, nada inaudito sino sencillamente consecuencias
psicológicas inevitables.
Para nuestra característica cultura del espíritu cristiano lo positivo
y digno del esfuerzo de la búsqueda fué, durante la mayor parte del
tiempo, simplemente el espíritu, y la pasión del espíritu. Sólo cuando,
en el ocaso de la Edad Media, es decir, durante el curso del siglo XIX,
el espíritu comenzó a degenerar en intelecto, surgió una reacción contra
el insoportable predominio del intelectualismo, que cometió en primer
lugar la falta, por ciento perdonable, de confundir intelecto con espíritu
y acusar a éste de los delitos de aquél (Klages). El intelecto es,
efectivamente, nocivo para el alma cuando se permite la osadía de
querer entrar en posesión de la herencia del espíritu, para lo que no está
capacitado bajo ningún aspecto, ya que el espíritu es algo más alto que
el intelecto puesto que no sólo abarca a éste sino también a los estados
-22-
efectivos. Es una dirección y un principio de vida que aspira a alturas
luminosas, sobrehumanas. Le está, empero, opuesto lo femenino,
oscuro, terrenal (Yin), con su emocionalidad e instintividad extendiéndose
hacia abajo, hacia las profundidades del tiempo y las raíces de la
continuidad corporal. Sin duda esos conceptos son puramente intuitivos,
pero de ellos no cabe prescindir cuando se intenta concebir la esencia
del alma humana. La China no pudo abstenerse de ellos, pues no se ha
alejado tanto, como lo demuestra la historia de su filosofía, de los
hechos centrales del alma como para haberlos perdido en la exageración
y sobreestimación unilateral de una única función psíquica. Por lo tanto,
nunca dejó de reconocer la paradoja y la polaridad de lo viviente. Los
opuestos siempre se equilibran -un signo de alta cultura; mientras que
la unilateralidad, aunque presta siempre impulso, es por ello un signo de
barbarie. No puedo considerar la reacción que surge en Occidente
contra el intelecto, a favor de Eros o a favor de la intuición, de otra
manera que como un signo de progreso cultural, una ampliación de la
conciencia por encima y más allá de los confines demasiado angostos
de un intelecto tiránico.
En modo alguno quiero subestimar la enorme diferenciación del
intelecto occidental; medido por él, puede designarse al intelecto
oriental como infantil. (¡Esto naturalmente nada tiene que ver con la
inteligencia!) Si lográramos elevar a la misma dignidad concedida al
intelecto a otra, e incluso a una tercera función anímica, tendría el
Occidente toda justificación para esperar dejar muy atrás al Este. Por
eso es tan deplorable que el europeo se abandone e imite al Este,
cuando tendría tantas posibilidades si permaneciese siendo él mismo y
desarrollase a partir de su modalidad y de su esencia lo que, partiendo
de las suyas, diera a luz el Este en el curso de milenios.
En general, y visto desde la posición incurablemente externa del
intelecto, ha de parecer como si lo que el Este valora tan extremadamente
no fuera para nosotros nada apetecible.
Por cierto que el mero intelecto no puede comprender de inmediato
qué importancia práctica podrían tener para nosotros las ideas orientales,
por cuyo motivo sólo sabe clasificarlas como curiosidades
filosóficas y etnológicas. La incomprensión va tan lejos que los
mismos sinólogos eruditos no entienden la aplicación práctica del I
Ging y, por ende, han considerado este libro como una colección de
abstrusos ensalmos mágicos.


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Re: C.G. JUNG - Fragmento del Prólogo al i-ching de Wilhelm

Mensaje  Invitado el Lun Nov 01, 2010 11:22 pm

Spinoza (“Ética”): Primera página: (primera línea) - Definición I: “Por causa de sí entiendo aquello cuya esencia implica la existencia, o, lo que es lo mismo, aquello cuya naturaleza solo puede concebirse como existente”.

- Definición III: “Por substancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí, esto es, aquello que su concepto, para formarse, no precisa del concepto de otra cosa”.



El Secreto de la flor de oro (I Ching), primeras líneas: “El Maestro Lü Dsu dijo: Lo que es por sí mismo se llama Sentido (Tao). El Sentido no tiene nombre ni figura. Es la vida una, el espíritu primordial uno. No se pueden ver esencia y vida. Están contenidas en la Luz del Cielo. No se puede ver la Luz del Cielo, está contenida en ambos ojos. Seré hoy vuestro acompañante, y os revelaré primero el secreto de la Flor de Oro del Gran Uno, para explicar en detalle el resto a partir de ahí.

El Gran Uno es la designación de aquello que nada tiene por encima de sí. El secreto de la magia de la vida consiste en utilizar la acción para llegar a la no-acción. No se debe querer saltar por sobre todo y penetrar directamente. La máxima trasmitida es tomar entre manos el Trabajo sobre la esencia. Al hacerlo lo que importa es no caer en falsos caminos.

La Flor de Oro es la Luz. ¿Qué color tiene la Luz? Se toma la Flor de Oro como alegoría. Ésta es la verdadera fuerza del Gran Uno trascendente. La frase: "El plomo de la región del agua tiene sólo un
sabor", lo indica. En el Libro de las Mutaciones se dice: "El cielo engendra el agua por medio del Uno". Esto es justamente la verdadera fuerza del Gran Uno. Si el hombre alcanza ese Uno se vivifica; si lo pierde, muere. Pero aunque el hombre viva en la fuerza (aire, prana) no ve la fuerza (aire), así como los peces viven en el agua pero no ven el agua. El hombre muere cuando no tiene ningún aire de vida, así como los peces perecen sin agua. Por lo tanto, los adeptos han enseñado a la gente a tener firme lo primordial y a preservar el Uno: ése es el curso circular de la luz y la preservación del Centro. Si se preserva esta legítima fuerza, puede uno alargar su tiempo de vida y aplicar luego el método para crear un cuerpo inmortal "fundiendo y mezclando".”.

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