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Ramón y Cajal

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Ramón y Cajal

Mensaje  Ziber el Dom Nov 14, 2010 7:27 pm

Esos dos magníficos modistos.

Estaban emitiendo una película biográfica sobre el personaje en cuestión, y me ha parecido más que interesante extractar una parte de su discurso de ingreso como miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (institución de la que formó parte gracias a un investigador alemán).

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II PREOCUPACIONES DEL PRINCIPIANTE

Una de las preocupaciones más funestas es la excesiva
admiración á la obra de los grandes talentos, y la convicción
de que, dada nuestra limitación intelectual, nada
podremos hacer para continuarla.
Esta devoción excesiva al genio tiene su raíz en un doble
sentimiento de justicia y de modestia, harto simpático
para ser vituperable; mas, si se enseñorea con demasiada
fuerza de ánimo, aniquila toda iniciativa é incapacita en
absoluto para la investigación original. Defecto por defecto,
preferible es la arrogancia al apocamiento: la osadía
mide sus fuerzas y vence ó es vencida, pero la modestia
excesiva huye de la batalla y se condena á vergonzosa
inacción.
Cuando se sale de esa atmósfera de prestigio que se
respira al leer el libro de un investigador genial, y se acude
al laboratorio á confirmar los hechos donde aquél apoya
sus brillantes concepciones, nuestro culto por el ídolo
disminuye, á menudo, tanto como crece el sentimiento
de nuestra propia estima. Los grandes hombres son á ratos
genios, á ratos niños, y siempre incompletos. Aun concediendo
que nuestro grande hombre, sometido al contraste
de la observación, salga puro de todo error,
consideremos que todo cuanto haya descubierto en un
dominio dado es casi nada en parangón con lo que deja
por descubrir. La Naturaleza nos brinda á todos con una
riqueza inagotable, y no tenemos motivo para envidiar á
los que nos precedieron, ni exclamar, como Alejandro ante
las victorias de Filipo: «Mi padre no me va á dejar nada
que conquistar».
No cabe negar que existen creaciones científicas tan
completas y tan firmes que parecen el fruto de una intuición
cuasi divina, y que han brotado perfectas, como Minerva
de la cabeza de Júpiter. Mas la legítima admiración
causada por tales obras disminuiría mucho si imagináramos
el tiempo y el esfuerzo, la paciencia y perseverancia,
los tanteos y rectificaciones, hasta las casualidades que
colaboraron en el éxito final, y que contribuyeron á él cuasi
tanto como el genio del investigador. En esto sucede lo
que en las maravillosas adaptaciones del organismo á
determinadas funciones: el ojo ó el oído del vertebrado,
examinados aisladamente, constituyen un asombro, y parece
imposible que se hayan formado por el solo concur-
so de las leyes naturales; mas, si consideramos todas las
gradaciones y formas de transición que en la serie filogénica
nos ofrecen aquellos órganos, desde el esbozo
ocular informe de ciertos infusorios hasta la complicada organización
del ojo del vertebrado inferior, nuestra admiración
pierde no poco de su fuerza, acabando el ánimo por
hacerse á la idea de una formación natural en virtud de variaciones,
selecciones y adaptaciones. ¡Qué gran tónico
sería para el novel observador el que su maestro, en vez
de asombrarlo y desalentarlo con la descripción de las
cosas acabadas, le expusiera el pasado embrionario de
cada invención científica, la serie de errores y tanteos que
le precedieron, y los cuales constituyen, desde el punto de
vista humano, la verdadera explicación de cada descubrimiento,
es decir, lo único que puede persuadirnos de que
el descubridor, con ser un ingenio esclarecido y una poderosa
voluntad, fué al fin y al cabo un hombre como todos!
Lejos de abatirse el experimentador novicio ante las
grandes autoridades de la Ciencia, debe saber que su
destino por ley cruel, pero ineludible, es vivir á costa de
la reputación de las mismas. Pocos serán los que, habiendo
inaugurado con alguna fortuna sus exploraciones
científicas, no se hayan visto obligados á quebrantar y
disminuir el pedestal de algún ídolo histórico ó contemporáneo.
A guisa de ejemplos clásicos, recordemos á Galileo
refutando á Aristóteles en lo tocante á la gravitación;
á Kopérnico echando abajo el sistema del mundo de Ptolomeo;
á Lavoisier reduciendo á la nada la concepción de
Stahl acerca del flogístico; á Virchow refutando la generación
espontánea de las células, supuesta por Schwan,
Schleiden y Robin. Tan general é imperativa es esta ley,
que se acredita en todos los dominios de la Ciencia, y alcanza
hasta á los más humildes investigadores. Si nosotros
pudiéramos ni nombrarnos siquiera después de haber
citado tan altos ejemplos, añadiríamos que, al iniciar
nuestras pesquisas en la anatomía y fisiología de los centros
nerviosos, el primer obstáculo que debimos remover
fué la falsa teoría de Gerlach y de Golgi sobre las redes
nerviosas de la substancia gris y sobre el modo de transmisión
de las corrientes.
En la vida de los sabios se dan por lo común dos fases:
la creadora ó inicial, consagrada á destruir los errores del
pasado y á la creación de nuevas verdades; y la senil ó
razonadora (que no coincide necesariamente con la vejez),
durante la cual, disminuyendo la fuerza de producción
científica, se defienden las hipótesis incubadas en
la juventud, amparándolas á todo trance del ataque de
los recién llegados. Al entrar en la historia, no hay grande
hombre que no sea avaro de sus títulos y que no dispute
encarnizadamente á la nueva generación sus derechos
á la gloria. He ahí por qué es a menudo verdad
aquella amarga frase de Rousseau: «No existe sabio que
deje de preferir la mentira inventada por él á la verdad
descubierta por otro».
Cualquiera que sea la sazón en la cual el novel investigador
surja en el campo de la Ciencia, nunca dejará de
hallar alguna doctrina exclusivamente mantenida por el
principio de autoridad. Demostrar la falsedad de esta doctrina,
y, á ser posible, refutarla con nuevas investigaciones,
constituirá siempre un excelente modo de inaugurar
la propia obra científica. Importa poco que la reforma sea
recibida con ruidosas protestas, con crueles invectivas,
con silencios más crueles aún: como la razón esté de su
parte, no tardará el innovador en arrastrar á la juventud,
que, por serlo, no tiene un pasado que defender, y á todos
aquellos sabios experimentados, quienes, en medio
del torrente avasallador de la doctrina reinante, supieron
conservar sereno el ánimo é independiente el criterio.
Empero no basta demoler; hay que construir. La crítica
científica se justifica solamente dando, á cambio de un
error, una verdad. Por lo común, la nueva doctrina surgirá
de las ruinas de la abandonada, y se fundará estrictamente
sobre los hechos rectamente interpretados. Menester
será excluir toda concesión injustificada á la
tradición ó á las ideas caídas, si no queremos ver prontamente
compartida nuestra fama por los espíritus detallistas
y perfeccionadores que brotan en gran número, á
raíz de cada descubrimiento, como los hongos bajo la
sombra del árbol.
He aquí otro de los falsos conceptos que se oyen á menudo
á nuestros flamantes licenciados: «Todo lo substancial
de cada tema científico está apurado: ¿qué importa
que yo pueda añadir algún pormenor, espigar en un
campo donde más diligentes observadores recogieron
copiosa miés? Por mi labor, ni la Ciencia cambiará de aspecto,
ni mi nombre saldrá de la obscuridad».
Así habla muchas veces la pereza disfrazada de modestia.
Así hablan algunos jóvenes de mérito al sentir los
primeros desmayos producidos por la consideración de la
magna empresa. No hay más remedio que rechazar prontamente
un concepto tan superficial de la Ciencia, si no
quiere el joven investigador caer definitivamente vencido
en esa lucha que en su voluntad se entabla entre las utilitarias
sugestiones del ambiente moral, encaminadas á
convertirlo en un vulgar y adinerado practicón, y los nobles
impulsos de la conciencia que le arrastran al honor
y á la gloria.
En su anhelo por satisfacer la deuda de honor contraída
con sus maestros, nuestro estudiante quisiera encontrar
un filón nuevo, y á flor de tierra, cuya fácil explotación
levantara con empuje su nombre; pero, por desgracia,
apenas emprendidas las primeras exploraciones bibliográficas,
ve con dolor que el metal yace á gran profundidad
y que el filón superficial ha sido casi agotado por
otros observadores que alcanzaron la suerte de llegar antes
que él, ejercitando el cómodo derecho de primeros
ocupantes.
No paran mientes, los que así discurren, que si hemos
llegado tarde para unas cuestiones, hemos nacido demasiado
temprano para otras, y que, á la vuelta de un siglo,
nosotros vendremos á ser, por la fuerza de las cosas,
los acaparadores de ciencia, los desfloradores de
asuntos, y los esquilmadores de minucias.
No es lícito desconocer que existen épocas en las cuales,
á partir de un hecho casualmente descubierto, ó de
la creación de un método feliz, se realizan en serie, y
como por generación espontánea, grandiosos progresos
científicos. Tal aconteció durante el Renacimiento, cuando
Descartes, Pascal, Galileo, Bacon, Boyle, Newton, etc.,
pusieron en evidencia los errores de los antiguos y generalizaron
la creencia de que, lejos de haber los griegos
agotado el dominio de las ciencias, apenas habían dado
los primeros pasos en el conocimiento positivo del Universo.
Fortuna y grande para un científico es nacer en
una de estas grandes crisis de ideas, durante las cuales,
hecha tabla rasa de gran parte de la obra de la tradición,
nada es más fácil que escoger un tema fecundo. Pero no
exageremos esta observación, y tengamos presente que,
aun en nuestro tiempo, la construcción científica se eleva
á menudo sobre las ruinas del pasado. Consideremos
que, si hay ciencias que parecen tocar á su perfección,
existen otras en vías de constitución, y algunas que no
han nacido todavía. En biología especialmente, á despecho
de los inmensos trabajos efectuados en lo que va de
siglo, las cuestiones más esenciales esperan todavía solución
(origen de la vida, problema de la herencia y evolución,
estructura y composición química de la célula, etc.).
En general puede afirmarse que no hay cuestiones agotadas,
sino hombres agotados en determinada cuestión.
El terreno esquilmado para un sabio se muestra fecundo
para otro. Un talento de refresco, llegado sin prejuicios al
estudio de un asunto, siempre hallará un aspecto nuevo,
algo en que no pensaron los que creyeron definitivamente
apurado aquel estudio. Tan fragmentario es nuestro saber,
que aun en los temas más prolijamente estudiados
surgen á lo mejor insólitos hallazgos. ¡Quién, pocos años
há, hubiera sospechado que la luz y el calor guardaban
todavía secretos para la Ciencia! Y, sin embargo, ahí están
el argon de la atmósfera y los rayos X de Roentgen, para
patentizar cuán insuficientes son nuestros métodos y cuán
prematuras nuestras síntesis.
En Biología es donde tiene su mejor aplicación esta bella
frase de Saint Hylaire: «Delante de nosotros está siempre
el infinito»; y el pensamiento no menos gráfico de Carnoy:
«La Ciencia se crea, pero nunca está creada». No es
dado á todos aventurarse en la selva y trazar, á fuerza
de energía, un camino practicable; pero, aun los más humildes,
podemos aprovecharnos del que el genio abrió,
y arrancar, caminando por él, algún secreto á lo desconocido.
Aun aceptando que el debutante deba resignarse á recoger
detalles escapados á la sagacidad de los iniciadores,
es también positivo que quien se ejercita sobre minucias
acaba por adquirir una sensibilidad analítica tan
exquisita y una pericia de observación tan notable, que
le llevan bien pronto á tratar cuestiones transcendentales.
¡Cuántos hechos, al parecer triviales, han conducido á
ciertos investigadores, bien preparados por el conocimiento
de los métodos, á grandes conquistas científicas!
Consideremos además que, por consecuencia de la progresiva
diferenciación de la Ciencia, las minucias de hoy
serán, andando el tiempo, verdades importantes. Esto sin
contar con que nuestra apreciación de lo importante y de
lo accesorio, de lo grande y de lo pequeño, descansa en
un falso juicio, en un verdadero error antropomórfico: en
la naturaleza no hay superior ni inferior, ni cosas accesorias
y principales. Estas categorías de dignidad, que nuestro
espíritu se complace en asignar á los fenómenos naturales,
proceden de que, en lugar de considerar las cosas
en sí y en su interno encadenamiento, las miramos solamente
en relación á la utilidad ó el placer que pueden proporcionarnos.
En la cadena de la vida todos los eslabones
son igualmente dignos, porque todos resultan
igualmente necesarios. Juzgamos pequeño lo que vemos
de lejos ó no lo sabemos ver. Aun adoptando el punto de
vista antropomórfico, ¡qué de cuestiones de alta humanidad
laten en el misterioso protoplasma del más humilde
microbio! Nada parece más transcendental en bacteriología
que el conocimiento de las bacterias infecciosas, y
nada más secundario que el de los microbios inofensivos
que pululan en las infusiones y materias orgánicas en
descomposición; y, no obstante, si desaparecieran estos
humildes hongos, cuya misión es reintegrar en la circulación
general de la materia los principios secuestrados por
los animales y plantas superiores, bien pronto el planeta
se tornaría inhabitable para el hombre.
En resumen, no hay cuestiones pequeñas: las que lo parecen,
son cuestiones grandes no comprendidas. En vez
de menudencias indignas de ser consideradas por el pensador,
lo que hay es hombres cuya pequeñez intelectual
no alcanza á penetrar el hondo sentido de lo menudo. La
Naturaleza es un mecanismo armónico, en donde todas
las piezas, aun las que parecen desempeñar un oficio accesorio,
son precisas al conjunto funcional: al contemplar
este mecanismo, el hombre ligero distingue arbitrariamente
sus piezas en principales y secundarias; mas el
prudente se contenta con dividirlas, prescindiendo de tamaños
y de relaciones antropomórficas, en conocidas y
desconocidas.
Donde la trascendencia del detalle se muestra de gran
relieve es en los métodos de indagación biológica. Para
no citar sino un ejemplo, recordemos que R. Koch, el gran
bacteriólogo alemán, por sólo haber adicionado á un color
básico de anilina un poco de álcali, logró teñir y descubrir
el bacilo de la tuberculosis, desentrañando así la
etiología de una enfermedad que había ejercitado en vano
la sagacidad de los patólogos más ilustres.
De esta falta de perspectiva moral, cuando de aquilatar
los hechos se trata, han participado hasta los más penetrantes
ingenios. ¡Qué de gérmenes de grandes invenciones,
mencionadas como curiosidades de poco
momento, hallamos hoy en las obras de los antiguos, y
hasta en las de los sabios del Renacimiento! Perdido en
un indigesto tratado de Teología, Christianismi Restitutio,
escribió Servet, como al desdén, tres líneas tocante á la
circulación pulmonar, las cuales constituyen hoy su principal
timbre de gloria. ¡Grande sería la sorpresa del filósofo
aragonés, si hoy resucitara y viera totalmente olvidadas
sus laboriosas disquisiciones metafísicas, y exaltado
un hecho al cual no debió conceder más interés que el de
un argumento accesorio para su tesis de que el alma reside
en la sangre! De un pasaje de Séneca se infiere que
los antiguos conocieron ya el poder amplificante de una
esfera de cristal llena de agua. ¡Quién hubiera sospechado
que en dicho fenómeno amplificante, desestimado
durante siglos, dormían en germen dos poderosos instrumentos
analíticos, el microscopio y el telescopio, y dos
ciencias á cual más grandiosa, la Astronomía y la Biología!
Otro de los vicios del pensamiento que importa combatir
á todo trance es la falsa distinción en ciencia teórica
y ciencia práctica, con la consiguiente é inevitable alabanza
de la última y el desprecio sistemático de la primera.
No son, ciertamente, las gentes del oficio las que incurren
en semejante error de apreciación, sino muchos abogados,
literatos, industriales, y, desgraciadamente, hasta
algunos estadistas conspicuos, cuyas iniciativas de tan
graves consecuencias pueden ser para la obra de la cultura
patria. A estos tales no se les caen de la boca las siguientes
frases: «Menos doctores y más industriales. Las
naciones no miden su grandeza por lo que saben, sino
por la copia de conquistas científicas aplicadas al comercio,
á la industria, á la agricultura, á la medicina, y al
arte militar. Dejemos á los cachazudos y linfáticos tudescos
con sus sutiles indagaciones de ciencia pura, con su
loco afán de escudriñar los últimos resortes de la vida, y
consagrémonos por nuestra parte á sacar el jugo práctico
de los principios de la Ciencia, encarnándolos en positivas
mejoras de la existencia humana. Lo que España
ha menester son máquinas para nuestros trenes y barcos,
reglas prácticas para la agricultura y la industria, fábricas
de abonos, higiene racional: en fin, todo cuanto
contribuya á la población, riqueza y bienestar de los pueblos;
pero nada de sabios ociosos, entretenidos en especulaciones
sin realidad, entregados á ese sport de lo menudo
que, si no costara demasiado caro, sería una
ocupación meramente ridícula».
Tal es el cúmulo de ligerezas que á cada paso enjaretan
los que, al viajar por el extranjero, ven, por un espejismo
extraño, el progreso en los efectos y no en las causas:
los que, en sus cortos alcances, no aciertan á
descubrir esos hilos misteriosos que enlazan la fábrica
con el laboratorio, como el arroyo á su manantial. Creen
de buena fe que, tanto los sabios como los pueblos, forman
dos grupos: los que pierden el tiempo en especulaciones
de ciencia pura é inútil, y los que saben hallar hechos
de aplicación inmediata al aumento y comodidad de
la vida. ¿Tendremos necesidad de patentizar lo absurdo
de esta doctrina? ¿Habrá alguno tan menguado de sindéresis
que no repare que, allí donde los principios ó los hechos
son descubiertos, brotan también, por modo inmediato,
las aplicaciones? En Alemania, en Francia, en
Inglaterra, la fábrica vive en íntima comunión con el laboratorio,
y por lo común el iniciador mismo de la verdad
científica dirige, ora por sí, ora mediante sociedades explotadoras,
el aprovechamiento industrial. Semejantes
alianzas se hacen patentes en esas grandes fábricas de
colores de anilina, que constituyen actualmente uno de
los filones más prósperos de la industria alemana, suiza
y francesa. Dada vuestra ilustración, huelgan aquí ejemplos
de esta verdad. Empero, por recientes y significativos,
quiero citaros dos: la grande industria de la construcción
de objetos de precisión (micrográficos, fotográficos
y astronómicos), creada en Alemania por los profundos estudios
de óptica matemática del Profesor Abbe de Jena,
y los cuales aseguran á la Prusia un monopolio de valor
enorme que paga el mundo entero; y la fabricación de
sueros terapéuticos, nacida en Berlín y perfeccionada en
París, y en la cual intervienen, como es natural y legítimo,
Behring y Roux, creadores de los principios científicos de
la sueroterapia.
Cultivemos la ciencia por sí, sin considerar por el momento
las aplicaciones. Estas llegan siempre: á veces tardan
años, á veces siglos. Poco importa que una verdad
científica sea aprovechada por nuestros hijos ó por nuestros
nietos. Medrada andaría la causa del progreso si Galvani,
si Volta, si Faraday, descubridores de los hechos
fundamentales de la ciencia de la electricidad, hubieran
menospreciado sus hallazgos por carecer entonces de
aplicación industrial. La mayor parte de los grandes inventos
han comenzado por ser fenómenos curiosos, ó
inútiles propiedades de los cuerpos. Pero, como más atrás
dejamos consignado, lo inútil, aún aceptando el punto de
vista humano, no existe en la Naturaleza: lo que ocurre es
que ignoramos el uso que cada verdad hallada podrá tener
con el tiempo. Y, en último extremo, aun cuando no fuera
posible poner al servicio del egoísmo humano ciertas
conquistas científicas, siempre quedaría una utilidad positiva:
la satisfacción de nuestra eterna curiosidad y la
fruición incomparable causada en el ánimo por el sentimiento
de nuestro poder ante la dificultad vencida.
En suma: al abordar un problema, considerémoslo en
sí mismo, sin desviarnos por motivos segundos, cuya persecución,
dispersando la atención, mermaría nuestra fuerza
analítica. En la lucha con la Naturaleza, el biólogo,
como el astrónomo, debe prescindir de la tierra que habita
y concentrar su mirada en la serena región de las
ideas, donde, tarde ó temprano, surgirá la luz de la verdad.
Establecido el hecho nuevo, las aplicaciones vendrán
á su sazón; es decir, cuando aparezca otro hecho capaz
de fecundarlo; pues, como es bien sabido, el invento no
es otra cosa que la conjunción de dos ó más verdades
en una resultante útil. La Ciencia registra muchos hechos
cuya utilidad es actualmente desconocida; pero, al cabo
de unos lustros, ó acaso de siglos, ve la luz una nueva verdad
que tiene con aquéllos misteriosas afinidades, y la
criatura industrial resultante se llama fotografía, fonógrafo,
análisis espectral, etc. Porta descubrió la cámara obscura,
hecho aislado, del cual apenas se sacó partido para
el arte del diseño: Wedgwood y Davy señalaron en 1802
la posibilidad de obtener imágenes fotográficas sobre un
papel lubrificado en una solución de nitrato argéntico; pero
como la copia no podía fijarse, este otro hallazgo no tuvo
consecuencias: luego llegó John Herschel, que logró disolver
la sal argéntica no impresionada por la luz, con lo
que ya fué posible la fijación de la fugitiva silueta luminosa;
más, la poca sensibilidad de las sales argénticas hasta
entonces aprovechadas, hacía cuasi imposible el empleo
del aparato de Porta: por fin aparece Daguerre, quien
descubre en 1839, con la exquisita sensibilidad del ioduro
argéntico, la imagen latente, sintetiza admirablemente
los inventos de sus predecesores, y crea la fotografía actual.
Así se hacen todos los inventos: los materiales son,
en diversas épocas, acarreados por sagaces cuanto infortunados
observadores, que no logran recoger fruto alguno
de sus hallazgos, en espera de las verdades fecundantes;
pero, una vez acopiados todos los hechos,
llega un sabio feliz, no tanto por su originalidad como por
haber nacido oportunamente, considera los hechos desde
el punto de vista humano, opera la síntesis, y el invento
surge.

Completo aquí:

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