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El trabajo como instrumento de tortura

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El trabajo como instrumento de tortura

Mensaje  biduido el Mar Mayo 25, 2010 10:48 pm

http://www.revistaananke.org/web/index.php?option=com_content&view=article&id=115:trabtortura&catid=53:economia

En una reciente entrevista en la televisión francesa, Paul Ariès, uno de los más ardientes defensores del decrecimiento abogó, frente a la estupefacción de la presentadora y los presentes en el plató, por la necesidad de replantearnos nuestra visión del trabajo, de manera que, despojándolo de su servidumbre a la producción y al consumo en el capitalismo, nos permita liberarlo y ponerlo al servicio del desarrollo individual y colectivo. La presentadora no dudó en definir su perspectiva como “radical”, aunque no “revolucionaria”. Aunque, en verdad, su radicalidad es verdaderamente revolucionaria. ¿Qué hay de nuevo en la perspectiva de Ariès, y que de conocido?. En el fondo, Ariès propone asuntos de gran calado que ya estaban presentes en las tradiciones socialistas y anarquistas de distinto pelaje que han sido en los últimos 200 años, aunque vinculándola a una decidida apuesta por el decrecimiento que tampoco es exclusiva de este autor, sino que cada vez más es asumida por grupos ecologistas y de izquierda como la única solución para salvar un planeta exhausto de tanta predación productivista. Sin duda, la reflexión sobre el trabajo y su naturaleza es, y debe ser, uno de los aspectos fundamentales para todos aquellos que buscan crear un mundo más justo e igualitario. Repasemos algunas cuestiones al respecto.

En primer lugar, podemos valernos de la etimología para entender que es el trabajo. Esta palabra viene de la voz latina tripalium, con la que se denominaba a un instrumento de tortura formado por tres palos en los que se ataba al sujeto para ser torturado de varias maneras. Esta acepción de trabajo aún está aceptada en la lengua castellana, no en vano cuando hemos pasado una dura prueba, o sufrido un tormento vital considerable, decimos (o se decía hasta hace no mucho) que hemos “padecido un duro trabajo”. Es más, en la primera acepción de trabajo hoy en día recogida en el diccionario de la Real Academia de Lengua Española, encontramos “acción o efecto de trabajar, y en la segunda “trabajo remunerado”, mientras que las que se refieren al padecimiento arriba indicado están en octavo y noveno lugar. ¿Por qué este cambio tan radical en la concepción del trabajo?. ¿Por qué el significado de la palabra ha cambiado de un instrumento de tortura o situación penosa a simple acción de trabajar1 o trabajo remunerado?. Unas breves notas históricas pueden iluminar este curioso fenómeno.

Hasta el siglo XIX, o más concretamente hasta la irrupción del trabajo asalariado como fenómeno mayoritario en la economía (proceso que varía según los países y regiones), los seres humanos empleaban su fuerza física e intelectual de una manera muy distinta. Se cultivaba la tierra, se realizaba trabajo artesano, se creaban obras artísticas, y en general se realizaban muchas de las tareas que hoy englobamos dentro de la palabra trabajo. Pero había notables diferencias. La primera de ellas es que no todas ellas, ni siquiera la mayoría, iban dirigidas hacía el beneficio económico, sino que se buscaba la provisión de alimentos y utensilios, la construcción de edificios, o incluso se concebía la actividad física o intelectual como un medio para el desarrollo de las capacidades propias o la consecución de fines para nada económicos, como los eruditos antiguos que se entregaban a la filosofía, o como los monjes medievales que trabajaban para acercarse a Dios. Todas estas actividades humanas eran “trabajo”, actividad física o intelectual, sin que su fin supusiese diferencia alguna en su calidad, como hoy en día sucede. Para entenderlo podemos fijarnos en el uso que a veces le damos al lenguaje. Cuando preguntamos: ¿estudias o trabajas?, sin saberlo estamos diferenciando claramente dos actividades humanas en función de su finalidad, otorgándole la categoría de actividad de primera a la destinada a ganar dinero, y de segunda a la dedicada a cultivar nuestra mente (y más aún si, como se pretende, esta debe estar destinada a encontrar una mejor remuneración). Pero es más, históricamente el trabajo asalariado fue la más baja de todas las actividades, la destinada a las clases inferiores. En resumen, se ha producido un giro radical en la concepción y categorización de la actividad humana, en la manera en que tenemos de verla.

Otro aspecto interesante, relacionado con la baja concepción histórica del trabajo asalariado, está en cómo la actividad humana clasifica socialmente a cada uno de sus miembros. Hoy en día, para conocer a una persona lo primero que solemos preguntarle es en qué trabaja. Esto no siempre ha sido así. La identidad social, el lugar que ocupaba cada individuo en la sociedad, estaba marcado por las relaciones sociales y políticas en el seno de cada comunidad. Uno podía ser señor, vasallo, ciudadano de una polis griega o extranjero, libre o esclavo. La posición social no estaba determinada por el trabajo, sino por su capacidad para disponer de recursos propios y ejercer por tanto su libertad individual sin interferencia ajena. No era lo mismo, por poner un ejemplo, un campesino medieval que tuviese sus propias tierras, que uno que trabajase las de un señor, pese a realizar ambos la misma tarea. Ni en el Imperio Romano un artesano que fuese ciudadano y dueño de su taller, de uno que no lo fuese y trabajase para un dominus, aunque manufacturasen exactamente el mismo producto. Eso sí, el trabajo asalariado sí era lo mismo que la esclavitud, aunque a tiempo parcial, ya que al fin y al cabo al asalariado y el esclavo dependían de alguien para vivir. No era la actividad la que determinaba, por tanto, la posición del individuo, sino su posición política y su acceso a sus propios medios de subsistencia. ¡Qué diferencia con el mundo actual, dónde la inmensa mayoría, incluso los pequeños autónomos que tienen algo de capital, se diferencian por su escala laboral, por lo que saben hacer y venden!.

¿Por qué, entonces, este giro tan radical?. ¿A que se debe?. La respuesta es conocida, aunque no corta. Trataremos de resumirla en varias ideas claves, todas ellas relacionadas con la creación de un nuevo sistema económico capitalista desde el siglo XVIII, que modificó por completo las relaciones sociales, y con ellas las actividades humanas, más concretamente su función dentro de la sociedad. Una primera idea clave es la aparición del trabajador asalariado, por primera vez en la Historia, como clase social mayoritaria. Esto se debe a que, para la creación de un mercado capitalista, se necesitó que los primeros inversores e industriales acumulasen grandes reservas de capital iniciales con las que arrancar. Este proceso ser realizó apropiándose de las propiedades de las sociedades agrícolas, hasta entonces mayoritarias, en lo que se llamó más tarde la apropiación original. Una vez realizado esto, también se asaltaron los mercados de intercambio tradicionales, desplazando a artesanos y pequeños productores, quitándoles su medio de vida. El resultado de este proceso provocó que amplias masas de campesino y artesanos se viesen despojados de su medio de vida, viéndose forzados a convertirse en asalariados para subsistir. Ya no decidían que trabajo realizarían, sino que deberían coger el que pudiesen, hacinándose en los nuevos centros industriales, con jornadas draconianas y sin amparo antes las exigencias de los contratantes. Así, el trabajo asalariado pasó a ser el trabajo por antonomasia, esclavizado a la producción industrial y el comercio capitalistas, que por su propia naturaleza necesitan de un incremento constante de las mercancías, de la extracción de recursos, y de las horas de trabajo empleadas, y así mantener una tasa de beneficios en rápido descenso. Y cómo esta tasa debe ser mantenida a toda costa, es necesario ampliar los mercados sin parar, absorbiendo cada vez más aspectos de la vida material de los seres humanos para despojárselos a sus tradicionales dueños, mercantilizarlos y hacerlos susceptibles de servir como medio de ganar más dinero, usando para ello a los nuevos desposeídos. Esta historia, en lo que nos atañe, ha desembocado en lo que ya sabemos, que el trabajo asalariado es mayoritario, y está destinado a obtener ingresos con los que consumir, más que nada porque no queda otra opción, y así mantener la rueda de la producción y el progreso funcionando. Trabajar mucho ahora es bueno, es moralmente apropiado. Sin embargo, lo que no se dice es que no siempre fue así. Hasta el siglo XIX, en Europa uno de cada tres días era festivo. Ahora no llegamos ni de lejos a ese nivel de ocio y disfrute de la vida en común, sino que estamos como mínimo 8 horas al día 5 ó 6 días a la semana (depende del nivel de flexibilización alcanzado) trabajando no sabemos muy bien para qué en muchas ocasiones. La actividad humana se ha vuelto frustrante, pero no porque lo sea en si misma, sino porque ha sido secuestrada por el beneficio económico. Como dice Ariès en el vídeo con el que abrimos este artículo: “La Historia del trabajo es la historia de un saqueo”. Del saqueo de la capacidad creativa del ser humano, para usarla en unos intereses que, seamos sinceros, no suelen coincidir con los de los trabajadores. Qué simple, y a la vez que acertado. En esto ha consistido el cambio histórico en el trabajo, pues.

Un último aspecto histórico interesante es cómo estos cambios en el trabajo se relacionaron con los profundos cambios políticos y sociales en el siglo XVIII y XIX, que arrancan de la Revolución Francesa. Con el triunfo de los movimientos liberales en los primeros momentos de la Era Contemporánea, se buscó derribar la vieja organización del Antiguo Régimen, que ubicaba a cada individuo dentro de un estamento determinado, definido no por su actividad individual, sino por su acceso a medios de vida propios que le garantizasen su libertad de acción respecto a las interferencias ajenas. Así, un aristócrata lo era en gran parte porque poseía tierra que otros labraban por él, simplemente porque estos campesinos dependientes no tenían las suyas propias. Esta relación entre libertad e independencia económica otorgada por la posesión de bienes y medios de producción no es escapó a los primeros revolucionarios, que pretendían precisamente revertirla, repartiendo la tierra entre todos, y de esta manera consolidar una igualdad ante la ley que aboliese la división estamental, como las dos patas de un un proyecto de creación de la ciudadanía moderna. Esta salida se cerró en falso, por la ofensiva contrarrevolucionaria posterior a las grandes revoluciones. Así, se llegó a un punto en el que, si bien todos los ciudadanos eran más o menos iguales ante la ley en los nuevos códigos civiles (digo más o menos porque por ejemplo las mujeres siguieron no poco discriminadas en algunos casos), no se procedió a ese reparto de la propiedad de los medios necesarios de subsistencia. Así, mientras unos eran dueños de fábricas y tierras, otros lo eran mucho menos, o se veían abocados a ser sólo dueños de su trabajo, es decir asalariados. Esta situación encajó perfectamente en el nuevo capitalismo, donde la actividad humana se convirtió en una mercancía más. Y con el avance de la división del trabajo y la especialización del mismo, la fuerza de trabajo se dividió en trabajadores de cuello azul y de cuello blanco. Como la actividad de estos es más apreciada, se paga mejor. Y hete aquí que se produjo el gran cambio. Lo que trabajamos, la actividad que hacemos, determina nuestra posición social y perspectivas de futuro, ya que de nuestra capacidades depende nuestro salario dentro del mercado laboral. Pese a que seamos todos iguales, no lo somos tanto depende de lo que hagamos. Obviamente, no es más libre socialmente, ni tiene mejor posición una limpiadora de escaleras o un jornalero que una ejecutiva bancaria, pese a que ninguno posea la empresa en la que trabaja. Así, el trabajo se ha convertido, en cierta manera, en un criterio estamental, o de clase.

Así que, por tanto, plantarse qué es el trabajo no es una cuestión baladí, ya que en él se entrecruzan varias de las líneas históricas fundamentales que han configurado el mundo actual, convirtiéndose en su forma actual en fuente de desigualdad, más que de progreso social en muchos, muchos casos. ¿Qué alternativas hay?. En primer lugar, otorgarle a todas las actividades humanas las mismas posibilidades de desarrollo, en cierta manera “desmercantilizar” el trabajo, de manera que muchas de las actividades que no tienen repercusión en el PIB puedan quedar liberadas de la esclavitud de tener que comer cada día. ¿O acaso no es necesario el arte, la literatura, el trabajo doméstico o solidario?. En segundo lugar, desvincular el trabajo de su orientación actual hacia el crecimiento perpetuo, insostenible ecológicamente. Hay que trabajar y consumir menos, y dedicarse más tiempo al ocio. ¿Cómo hacerlo?. La propuesta de Ariès para conseguir esto de un ingreso mínimo garantizadoa todos los ciudadanos es factible, y existe en España un grupo de colectivos que la defienden, difunden y piensan, aportando incluso estudios concretos sobre cómo hacerlo, pudiendo sobresalir la Red Renta Básica que propone la instauración de una Renta Básica que permita que para sobrevivir no tengamos que entrar en el ciclo del trabajo alienado y mercantilizado. Y no es una propuesta nueva, sino que ya fue planteada en los albores de las revoluciones sociales que en el inicio de la modernidad europea, el siglo XVIII, buscaban una sociedad más justas donde hubiese más libertad para desarrollar las capacidades propias en beneficio propio y de todos. Este proyecto, aún incompleto, quizás logre que el trabajo deje de ser un instrumento de tortura y sea una herramienta de emancipación.


Autor: Álvaro Rodríguez, miembro de Ananké.


Notas al pie:

1 A su vez, las dos primeras acepciones de trabajar son: 1. Ocuparse en cualquier actividad física o intelectual. 2. Tener una ocupación remunerada en una empresa, una institución, etc.
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Re: El trabajo como instrumento de tortura

Mensaje  jes el Miér Mayo 26, 2010 7:16 am

Muy interesante.Qué importante es comprender de que barros vienen estos lodos

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Re: El trabajo como instrumento de tortura

Mensaje  Ziber el Miér Mayo 26, 2010 7:28 am

Está muy bien el artículo, biduido.

Y está claro, es uno de los trucos de esta sociedad esclavista. Hasta que no se "prohíba" el trabajo asalariado, no se conseguirá nada. Pero hay que decir que eso es prácticamente inconcebible en las condiciones actuales.
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Re: El trabajo como instrumento de tortura

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