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LlagasDeEgoNegro

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LlagasDeEgoNegro

Mensaje  Ziber el Mar Sep 07, 2010 6:54 pm

Espero que a nuestro compi no le importe. Pero el despreocupado desqueratinizado que atiende al infante es él. Laughing



Y el que se sorprende con el sabor de su desayuno:



Y uno de sus textos:

Sopesa por última vez su decisión; Gallardonegro, considerablemente más valiente que ingenioso, tras repasar mentalmente la trayectoria del viaje que emprendió desde la Comarca, su tierra natal, y que le trajo ante las puertas del laberinto, rememorar las diferentes pistas otorgadas en la fugaz aparición del Momotauro, así como las palabras del roble Ent, al que, por cierto, se acerca y se aleja al comprobar que no presenta un atisbo de movilidad, recordar la advertencia del apabullante vagamundos, busca el frasquito que le legó su hermano mayor, Simpletrece; lo destapa, aspira profundamente el espíritu que de él se desprende, lo vuelve a tapar e introducir en su zurrón, se acerca a la tercera puerta, empuña el pomo, lo acciona, empuja la puerta, contradictoriamente liviana para lo que su textura, rocosa granítica, parece indicar; se protege los ojos con el antebrazo ante el descomunal chorro de luz intensísima que se proyecta desde el interior, avanza unos pasos deslumbrado, oye cerrarse, sola, la puerta tras de sí con un estremecedor estruendo, prueba de apartar su antebrazo pero vuelve a taparse sus heridas pupilas contraídas hasta casi desaparecer, avanza unos pocos pasos más, pierde el equilibrio afectado por un desconocido, para él, cambio en el sentido de la gravedad, nota su cuerpo abandonar la verticalidad, se siente vapuleado e incapaz de taparse el rostro con el antebrazo, nota sus párpados pesados como juicios imposibilitándole orientarse visualmente, comienza a sentirse girando como un asteroide vagando en el ingrávido espacio interestelar, vomita desconcertado, adquiere más, progresivamente, mucha más velocidad en sus giros, no alcanza a comprender cómo no impacta contra algo sino que se arroja yirando en el vacío; pierde el sentido auditivo pasando a oír una dulce, embriagante melodía procedente de todas partes y de ninguna a la vez, le rebrotan las punzadas, esta vez heladas como estalactitas, en el corazón, en la mente, en el sexo, y, poco a poco, progresivamente, invadiéndole el resto del cuerpo hasta fragmentarle la sensibilidad cortando, desbordadas, las transmisiones de su sistema nervioso; percibe el apagón en su neocórtex arrasando, con frío relampagueo, el resto de su jerarquía cerebral hasta desconectar su amígdala aún girando y girando como un calcetín dentro de una lavadora; advierte que su yo, su consciencia, sale disparada de lo que hasta aquel momento le significaba su idea de localización geográfica de su sí mismo; atraviesa, ya no volteando sino con trayectoria exponencial, a ciegas, a sordas, una densidad detectada por su epidermis con profundo hedor a tierra mojada, acabando por impactar, sin dolor ni retroceso, su cuerpo, de nuevo conectado a su cerebro, contra una mullida sustancia. “Uá´´aala!” se susurra antes de sumirse en el éxtasis, “Impresionnátte!”. Se funde en la no consciencia. Observa, plácidamente, la emergencia de un punto, blanco luminoso, procedente de todas partes pero a la vez nítidamente ubicado en un único punto, lo observa contraerse y expandirse acumulándose en el hemisferio izquierdo según él percibe el espacio; presencia, aún si cabe más entregado al nirvaneo, la emergencia de un segundo punto, negro luminoso, meciéndose de forma similar al primero, pero decantándose, concentrándose hacia la semiesfera derecha. Siente paz, inmovilidad frenética, circunvalando su ser; asiste a la proyección no visual, experimental, de infinitas imágenes en un bucle larguísimo pero a la vez instantáneo que emana de los fotones luminosos, tanto de los blancos como de los negros, como si estos fuesen proyectores de imágenes holográficas; descifra el contenido de las proyecciones e identifica sus propias percepciones acumuladas durante su corta vida; se apabulla, se azora, entiende, más acertadamente intuye que, por primera vez desde que giró el pomo de la tercera de las puertas, se requiere su intervención; agita su mano observando atónito el cambio que ello produce en la secuencia de imágenes. Descubre que puede controlarlas con su voluntad: las para, las mezcla, las acelera. Las lleva hasta donde necesita, el momento en el que aquellos desconocidos jinetes irrumpieron en la Comunidad, quemando las casas, vejando a las gentes, incluidos sus padres; detiene la proyección justo en el instante en el que él, con pocos meses de vida, es introducido en un cesto por su abuelo, el momento en el que asestan el golpe en sus ojos y lo dejan ciego de por vida; luego hace avanzar las imágenes hasta mostrar el Templo de la Comunidad, el rostro sonriente de la Diosa en el interior, una hermosa mujer aposentada sobre una falda de aguas dentro de la cual nadan tranquilos infinidad de peces rojos, su regazo, su calor, sus palabras: ¿deseas adentrarte por el camino de la izquierda y regresar a la rueda del Samsara o escoges virar hacia la derecha para antes colocarte el disfraz de Bodhitsava?; las proyecciones desaparecen, el baile de los puntos, separados a un lado y otro, retoman su movimiento expansivo y retráctil; Gallardonegro asiste al florecimiento de la duda en su cerebro; “¿escoger otra vez?” se dice; pero no, su corazón y su sexo no muestran síntomas de indecisión: los puntos blancos a su izquierda se apagan, su percepción de su sí mismo sale disparada hacia la derecha siendo tragada por los puntos negros. La presencia de su cuerpo, su piel, sus pelos, sus huesos renacen en él, sin embargo, ya no como un joven valiente, sino como hombre maduro rondando la vejez; abre por primera vez sus ojos y atiende a lo que sus orejas le transmiten lo cual, junto al sutil aroma del incienso y el delicioso gusto del vino que bebe de una copa de oro, le informan que está comiendo ante una mesa abarrotada de manjares con una mocita, que, a juzgar por su rostro, aguarda una explicación. Aturdido, Gallardonegro deja pasar unos instantes incapaz de situarse en el contexto en el que ha aparecido. Lentamente sus recuerdos le regresan. La joven, ataviada con una túnica morada y una diadema aderezada con bungavillas rojas le presiona: “Gallardo... Gallardo ¿te encuentras bien?”. Omitiendo la reducción en su nombre, Gallardonegro advierte la presencia, a su derecha, de otro joven comensal vistiendo túnica verde que también le tiene clavados los ojos; sus pulmones se llenan de aire y las palabras, envueltas en una cadencia suave, se dirigen a la muchacha fluyéndole delicadamente :

...el reino de un pensamiento-finito sólo puede establecerse sobre la base del encierro y la humillación y el encadenamiento y la irrisión más o menos disimulada del loco que hay en nosotros, de un loco que sólo puede ser el loco de un logos, como padre, como señor, como rey...

Eres único, tío.
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Re: LlagasDeEgoNegro

Mensaje  Cior el Mar Sep 07, 2010 7:36 pm

Genial, brutal.
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