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FILOSOFÍA DEL PRESENTE

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FILOSOFÍA DEL PRESENTE

Mensaje  Cior el Dom Sep 26, 2010 11:15 pm

ZEITSCHMERZ O EL DOLOR DEL PROPIO TIEMPO

Fueron los románticos alemanes quienes, a comienzos del siglo XIX, popularizaron el término Weltschmerz, que significa “dolor del mundo”. Esta bella y enigmática expresión significaba muchas cosas y dio lugar a variadas interpretaciones. Por encima de todas ellas, expresaba la incomodidad que suponía vivir en un mundo que no era satisfactorio y que producía, por sus exigencias y modos de vida, un profundo e inexplicable dolor. Es decir, un mundo que era necesario declinar con la gramática del sufrimiento.

Pues bien, me permito la licencia de imitar esa expresión con una variación. No diré “dolor del mundo”, sino “dolor de la época” o, lo que es lo mismo, dolor del propio tiempo (Zeitschmerz). Y es que esta época en que vivimos, y que discurre entre los siglos XX y XXI, no podrá entenderse nunca si no es desde el dolor y el desasosiego que produce.

En ningún caso debe entenderse que este “dolor del tiempo” sea una actitud de lamento constante, de lloriqueo que puede calmar una ansiedad, de reflejo de una impotencia radical o, menos aún, de pose teatral. No hay tras este dolor esa alabanza de los perdedores ni cultivo de fatalidad barata. El dolor suele ser casi siempre un requisito de comprensión y acompaña al conocimiento. Pero nada debe evitarse más que la pose pesimista. Un dolor verdadero se consume en silencio; cuando se convierte en actitud escénica, pierde su valor.

Esta época nuestra tiene mucho de qué alegrarse y puede mostrar motivos de orgullo. Sus elementos positivos no pueden dejarse de lado: sería injusto y ridículo. El progreso científico y técnico no se ha igualado en la historia anterior: conocemos más y con mayor rigor, aunque también hayamos ampliado los límites del misterio y de las dudas. La tecnología ha extendido los límites de la acción y el poder humano hasta límites insospechados, aunque ha hecho olvidar la fragilidad de la textura que tiene cuanto es simplemente humano. Nunca como hoy tantas personas han tenido acceso a tantas cosas, y el acceso a la cultura y a los bienes de consumo ha crecido de modo espectacular.

El progreso de la medicina y de la farmacia ha permitido que los límites temporales de la vida humana se extiendan como en ninguna otra época y que los últimos años de la vida transcurran con una calidad de vida antes insospechada. Y, por qué no reconocerlo, nunca ha habido (al menos en teoría) tantas posibilidades abiertas para tantos. Todas éstas son razones que nos permiten estar orgullosos de nuestro tiempo. Sobre todo si se vive en un país rico industrializado, claro está.

Pero estos elementos positivos poseen una importante contrapartida. Pues el aumento de riqueza, de posibilidades de salud y de libertad no crea, de modo automático, una mayor felicidad. El progreso de nuestro tiempo es progreso en las luces, pero también lo es en las sombras. Y cuantos más motivos de orgullo podamos mostrar, mayores serán las deficiencias que podremos detectar. Es decir, mayores serán las formas de dolor y ausencia que se presentan ante nosotros. Se han abierto hoy espacios nuevos de dolor que es necesario advertir. Señalo algunos.

El primero de ellos es la diferencia de riqueza. Ninguna reflexión sobre nuestra época puede olvidar que las dos terceras partes de la humanidad apenas pueden satisfacer el mínimo de las necesidades vitales y que la diferencia entre quienes tienen algo y quienes nada poseen no hace sino acrecentarse. El avance tecnológico, las mejoras médicas, el acceso a la riqueza y al consumo, el universo digital, el uso de Internet no son nunca lo mismo en Suecia o Canadá que en Bolivia o en Angola. La fractura entre quienes pueden comer y quienes deben buscar cada día un poco de comida es cada vez mayor, y los países ricos están estrangulados por esta diferencia. Esto repite una antigua historia: la lucha entre la pobreza y la riqueza.

Me temo que nuestro tiempo, que ha conseguido tantos logros positivos, no ha sabido crear espacios de “encanto” y “seducción”. Es decir, espacios que permitan soñar mundos nuevos y que permitan extender las percepciones habituales imaginando vidas nuevas y mundos diferentes. En esos espacios hay ideas, sentimientos, referencias, lugares, sueños que anulan cuanto de negativo vivimos todos los días pero, a su vez, permiten soportarlo creando distancias sobre tanta negatividad diaria. Sin embargo, hoy día el encantamiento y la seducción parecen ser objetos de consumo, productos de escaparate. Pero nunca se ha podido comprar el encanto o la seducción. Todos lo sabemos. Y un tiempo sin encanto o filtros de seducción no será nunca un mundo interesante: será un mundo plano, gris y revestido de una extraordinaria frialdad. Un mundo donde el matiz no encuentra lugar.

El nuestro es un tiempo de abundancia desmesurada. Hay de todo, todo se ha dicho. Se escriben miles de libros, se celebran centenares de congresos, hay decenas de respuestas para casi todo lo que se quiera pensar. Pero, claro está, esta abundancia no significa riqueza, sin más. Es abundancia cuantitativa que llega a producir ahogo y angustia incurables. Una abundancia que sólo satisface con empacho. Y todos hemos tenido experiencia de lo que son los empachos. Desde que éramos pequeños, para que no lo olvidemos nunca.

Nuestro tiempo gusta de cultivar una peculiar opacidad y oscuridad. Nunca como hoy han gustado los discursos extraños, complicados, opacos e ininteligibles. Cuando se dice algo que puede ser entendido, se condena al baúl de las obviedades y parece despreciarse. Hay un cultivo intencionado de la falsa originalidad, que se concibe como un triunfo. Pero lo verdaderamente importante no suele ser nunca opaco. Por el contrario, posee una insoportable claridad. En ocasiones, lo revestimos de opacidad porque no soportamos la claridad que destila. Quizás hoy somos especialistas en mil formas de opacidad falsa, aunque sepamos en el fondo que lo importante es conquistar lentamente nuevos espacios de claridad. Que son espacios donde se muestra lo que realmente importa. Y esto suele ser siempre escaso, valioso y extraordinariamente nítido.

Hoy parece existir un refinado cinismo que, a veces, provoca mala conciencia. Sabemos las causas de muchas cosas, pero actuamos como si no las conociéramos. Cosas, personas, sentimientos e ideas se muestran por el valor de compra, pero no por el valor que ellos poseen. Y esto obliga a revestir todo de falsos ropajes para la compraventa, viviendo cínicamente en un mercado universal. En este mercado lo importante es lo que se vende, pero no lo que es realmente valioso por sí mismo.

En fin, la lista de elementos negativos puede ampliarse mucho más. Pero no deseo hacerlo. Pues siempre es más fácil destacar lo negativo que pensar en lo positivo. Y, sobre todo, es más fácil lamentarse que vivir un dolor como estímulo para alcanzar la lucidez. Un verdadero “dolor del tiempo” no se agota en sí mismo. Permite crear remedios para vivir las oscuridades de una época. Estos remedios permiten reírse de las poses del pesimismo o del cinismo que tanto gustan y que conforma la imagen de un tiempo maldito, plano, sin encanto y gris como es el nuestro. Hay muchos de ellos. Señalo tan sólo algunos.

El primero de ellos es aprender a vivir los flujos y los procesos. Esto solamente puede aprenderse con extremada paciencia. Y supone vivir, si se me permite la expresión, de un modo musical, construyendo armonías con diferencias dolorosas y siendo conscientes de que cada momento impone un ritmo determinado. Vivir ritmos y armonías permitirá entender mejor este tiempo y entendernos también mejor a nosotros mismos. No es nada fácil, claro está. Como no es nada fácil entender lo que es la música y cuanto ella puede llegar a crear.

Otro remedio es la creación de espacios de ensoñación y la fabricación de instrumentos de seducción. Cuando éstos existen, permiten entender el mundo y el tiempo en que se está viviendo para, desde ellos, imaginar y crear tiempos y mundos diferentes, En ellos podremos formarnos nosotros mismos y podremos vivir en una forma “encantada”, que es la única forma de vivir para los seres humanos. Lo muestra la historia del arte y la historia de la ciencia que, cuando es buena, tanto se parece a la historia del arte.

Saber conversar no es nada sencillo y debe aprenderse a lo largo de toda la vida. Una verdadera conversación es siempre una ceremonia de comprensión y de intercambio. Pues bien, cultivar espacios de conversación para ser una exigencia para soportar el dolor del mundo. En una verdadera conversación no suele haber poder: no se trata de convencer a nadie ni de imponer nada. Una conversación es un intercambio de libertades. Solamente quien es algo en sí mismo y quien es verdaderamente libre podrá conversar realmente. Ya lo dije, pero debo repetirlo aquí de nuevo.

Y, finalmente, buscar y crear claridad. Es decir, luchar contra la opacidad y la complejidad falsa. Eliminar abundancias que sólo producen molestos e inútiles empachos, mantener una búsqueda de lo que es realmente importante y relevante. La claridad se acompaña siempre de paciencia y austeridad. Requiere eliminar, desechar muchas cosas. La búsqueda de la claridad no termina nunca. Y cuando se cree haberla alcanzado, se venga ofreciendo nuevas sombras. Vive siempre del diálogo entre lo antiguo y lo que es realmente nuevo. Y se construye siempre en el presente nunca en la nostalgia de un tiempo que se creía mejor.

A lo largo de este ensayo he planteado varias metáforas de tipo musical, y lo cerraré con una referencia a la música. Pues la música es proceso, ritmo, conversación, armonía y claridad. Construye espacios de ensoñación. Y siempre fue un ideal del pensamiento y de la filosofía. Pues bien, algunas de las mejores expresiones musicales de todas las épocas son profundamente melancólicas. Surgen del dolor y ayudan a vivir el dolor sin escenarios ni falsos pesimismos. Sus melodías invitan al silencio y crean una misteriosa lucidez.

Ejemplos de esas expresiones musicales los ha habido siempre. Y muchas de ellas representan lo mejor de una tradición musical y de una forma de cultura. Lo fueron las ragas de la India, el cante jondo del pueblo gitano, el fado de los barrios marginales de Lisboa, los grandes Requiems de las liturgias cristianas, o el blues que crearon los esclavos negros en Estados Unidos. Todas estas formas de música destilan tristeza y dolor: están construidos desde ellos. Pero también producen un inexplicable encantamiento. Es decir, transforman el dolor en estímulo de creación y logran redimirlo en una extraordinaria lucidez. Entender algo de nuestro tiempo exige, quizás, crear una música como esas que genere lucidez y claridad. Sólo así el dolor que produce vivir este presente nuestro podrá ser estímulo de conocimiento. Lo que constituye un enigma que ningún libro podrá resolver.

Prólogo del libro “Filosofía del Presente”

Ignacio Izuzquiza.
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Re: FILOSOFÍA DEL PRESENTE

Mensaje  Cior el Dom Sep 26, 2010 11:16 pm

Me gustó, eso es todo, por eso quería compartirlo. Very Happy
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